Las noches se hicieron delirio y las ojeras se instalaron en mi rostro de forma permanente, a causa de un sueño que, todas las noches y, a lo largo de casi un mes, se repetía casi integramente. En él, yo corría desesperada para no ser alcanzada por un monstruo informe. Avanzaba por un lúgubre e infinito descampado mientras podía sentir un vívido terror en la boca del estómago.
Tras varias semanas de recurrente e insistente persecución, pude identificar en ese deforme engendro, la personalidad de mi jefe. Movida, quizás, por la rabia contenida durante mucho tiempo por su trato despectivo hacia mí, por las malas vibraciones que me causaba e incluso por el cansancio de tanta carrera nocturna, giré inesperadamente sobre mi cuerpo astral y le propiné un tremendo y certero puñetazo en el ojo, el primero de toda mi experiencia vital, onírica o no. Me desperté sudorosa, pero con una satisfacción que no podría describir.
Tras levantarme a beber un vaso de agua, logré reconciliar el sueño, ahora ya, plácido y reparador.
Por la mañana, mientras me dirigía a la oficina, me regocijaba mentalmente en mi fantasía, con la sensación de haber ganado una batalla y la seguridad de no volver a ver a mi perseguidor.
Entré en el despacho, aún con una sonrisa dibujada en la boca. De pronto, algo me dejó de piedra: mi jefe tenía el ojo izquierdo totalmente morado. No me atreví a preguntar qué le había pasado. ¿Era una simple coincidencia?
La respuesta sigue siendo una incógnita para mi, pero en cualquier caso, desde entonces, mi jefe me trata con un respeto que nunca antes me había demostrado.
Ahora mis noches son apacibles pero, sobretodo, mis días en la oficina han dado un giro de 360º.
¿Simple coincidencia?
Suscribete a este Blog
Subscribe to our e-mail newsletter to receive updates.












Me ha gustado y me gustaría poder hacer yo lo mismo