
Eugenio y Carlos eran lo que podríamos llamar dos almas gemelas. Daban pleno significado a la palabra “amigos”. Se tenían el uno al otro desde pequeños y aunque eran distintos como la cara y la cruz de una moneda, estaban tan unidos como éstas. Tal vez esas personalidades tan diferentes los hacían complementarse como uno solo.
Carlos, un par de años mayor que Eugenio, era la sensatez personificada. Algo introvertido y serio, servía de prudente freno a la pareja. Su inteligencia y cultura eran el resultado de muchos años de estudio unidos a una gran avidez por la lectura variada.
Eugenio era tan brillante como carismático. Encajaba en el arquetipo de joven triunfador seguro de sí mismo y capaz de todo. Tan alocado como mujeriego le duraban menos las novias que un buen libro a su amigo Carlos.
Las duras vivencias de la infancia en un orfanato les habían unido de por vida. Ya adultos, viviendo solos, libres e independientes, se veían a diario y seguían tan unidos como lo estuvieron durante aquellos años grises de penurias que quedaron enterrados en el recuerdo de ambos.
Era la madrugada de un frío Domingo de Invierno. Una día más de aquel mes de Enero helador, cuando Carlos telefoneó a Eugenio.
- “Hola Eugenio. Tengo que verte. ¿Puedes venir a mi casa?”. Susurró Carlos con voz débil y fatigada.
- “¿Carlos, eres tu?”.
- “Sí. Soy yo. ¿Puedes venir ahora?”.
- “¿Cuando?. ¿Ahora?. ¡Si son las seis de la mañana!”. Dijo Eugenio entre bostezos mirando el despertador de su mesilla de noche.
- “Sí. Lo sé,,, pero necesito que vengas a mi casa”. Replicó Carlos con tono inquieto.
- “¿Qué te pasa, Carlos? ¡Te noto raro!”.
- “No… Nada. Ven. Tenemos que hablar”. Y Carlos colgó el teléfono.
Eugenio, turbado por la extraña llamada de su amigo y preocupado por su tono de voz, se levantó de la cama y buscó algo de ropa que ponerse. No podía imaginar qué estaba pasando. La noche anterior, habían estado juntos tomando unas cervezas.
- ¡Joder, con el frío que hace!, ¡Menos mal que somos vecinos!.
Mientras Eugenio cruzaba la calle al encuentro de su amigo, podía sentir cómo el viento helado le azotaba la cara. Ya en el ascensor subiendo al tercer piso donde estaba la casa de su amigo, Eugenio se abrió el abrigo y aflojó la bufanda, con ganas de llegar para poder entrar en calor. Al salir del ascensor, no dio importancia al hecho de que la puerta estuviese sin cerrar y entornada. Carlos debía estar esperándole en el interior.
- “¿Carlos?”. Dijo Eugenio mientras empujaba la puerta y entraba en la casa. No obtuvo respuesta.
Eugenio cerró la puerta tras de sí, dejando abrigo y bufanda en la percha del recibidor. Luego se dirigió al salón, donde casi a oscuras encontró a Carlos sentado en el sofá frente al televisor apagado cabizbajo y con las manos tapando su rostro.
- “¡Pero amigo!,,, ¿Qué te pasa?”. Preguntó Eugenio preocupado.
Tampoco obtuvo respuesta. Eugenio se aproximó y arrodillándose frente a él, le apartó las manos poniendo las suyas para erguir la cara de su amigo. Al tocarlo, notó un frío intenso y al mirarlo de frente quedó impresionado por el aspecto de su rostro. Pese a la penumbra que envolvía la estancia, pudo ver claramente que la cara de Carlos estaba envejecida. Arrugas que no existían ayer ahora recorrían la frente y boca de su amigo que, con los ojos cerrados, estaba ausente sin percatarse de nada a su alrededor.
Ese rostro que le era tan conocido había cambiado de forma increíble. No era la cara propia de un joven de treinta años. Era como si su amigo hubiese envejecido años en unas horas. Todo el conjunto de facciones en su rostro exudaba sufrimiento en su estado más puro. Eugenio, sin poder aguantar más aquella visión, se abrazó a Carlos colocando su mejilla junto a la de él. Pudo entonces oírle decir débilmente:
- “Es horrible,,, es horrible”
- “Carlos. Cuéntame. ¿Qué ha pasado?”. Preguntó Eugenio suavemente intentando mostrar una calma que no tenía.
Echándose un poco hacia atrás, aún abrazados, ambos quedaron frente a frente. Los ojos de Carlos, ya abiertos, estaban irritados y rojos. Parecían no haber parado de llorar durante toda una vida. Con voz profunda y pausada, Carlos le dijo a Eugenio:
- “Esta noche he visto el horror. No te imaginas ahora el alcance de lo que te digo, pero pronto entenderás. Te he llamado porque necesito contarte algo y es vital que me creas y comprendas todo lo que te voy a decir. Sé que ahora tienes mil preguntas sin respuesta. Te aseguro que poco a poco quedarán todas satisfechas”.
Eugenio estaba perplejo. No encontraba ningún sentido al aspecto que presentaba el rostro de su amigo y a la calma con la que había hablado. Se levantó lentamente hasta quedar en pié. Nervioso y confuso no lograba pensar con coherencia. Cada nueva idea en su cabeza que intentaba dar una explicación a aquello era más absurda que la anterior. Cada vez más preocupado y sin poder calmarse, tomó una silla sentándose frente a Carlos como esperando con ansiedad esas respuestas que le aseguraba tener.
- “Cuéntame qué ha pasado”. Dijo Eugenio
Carlos se echó lentamente hacia atrás hasta quedar su cabeza mirando al techo apoyada sobre el respaldo del sofá. Luego colocó su mano izquierda cerrada en un puño sobre su frente, dando leves golpecitos como queriendo sacar despacio algo del interior de su cerebro. Luego, en voz muy baja pero clara, comenzó a hablar…
- “Esta noche he estado en sitios horribles,, en momentos trágicos que lo cambiaron todo. No han sido pesadillas, han sido vivencias reales donde yo estaba presente. Podía ver, sentir, oler… Al principio quise intervenir, pero no pude. Luego asistí como espectador resignado a todo ese pavor que fue impuesto ante mis ojos”.
A Eugenio todo aquello le parecía increíble, pero la angustia de Carlos y su cara, le estaban indicando que realmente algo había pasado. Sin saber aún qué crédito dar a lo que oía, Eugenio preguntó:
- “¿Qué has estado soñando?, ¿Qué momentos cambiaron lo todo?.”
Carlos se incorporó sentándose erguido y mirando a Eugenio con frialdad le dijo:
- “Veo que no entiendes. No han sido sueños. Al principio, yo tampoco podía comprender lo que pasaba, pero gradualmente fui reconociendo los lugares, las personas, las épocas. Después, cada vez con mayor claridad, sabía dónde me encontraba y lo que ocurría ante mí”.
Carlos guardó silencio durante unos instantes y luego continuó.
- “Dime cuál te parece el acontecimiento más trágico de la historia e intentaré hacerte entender”.
- “El holocausto durante la Segunda Guerra Mundial”. Contestó Eugenio con prontitud.
Carlos asintió y bajando la mirada dijo:
- “Wannsee. Estuve allí y viví sus consecuencias. En aquella hermosa granja de aquel precioso lugar se reunieron 14 hombres el 20 de Enero del año 42 para decidir el destino de millones de Judíos Europeos. Lo llamaron “Solución final para el problema judío”. En realidad utilizaban muchos eufemismos para dar nombre a cosas atroces. Lo que me resultaba más turbador era el ambiente relajado, la suave música de un gramófono, café, té y pastas para aderezar aquella locura criminal”.
Carlos pasó entonces a describir lo que con el tiempo se llamaría “Conferencia de Wannsee” y el contenido del protocolo que allí se confeccionó. Contó a Eugenio, con asombrosa precisión, datos sobre la reunión y sus asistentes. Heydrich, Eichmann, Bühler… Todos fueron descritos por Carlos con gran minuciosidad y una enorme profusión de detalles.
Cuando Carlos hubo terminado, Eugenio estaba aturdido. Sabía que todo aquello no podía ser fruto de un sueño. Pensó que de alguna manera su amigo había estado allí.
- “¿Pero tú no hablas alemán? Dijo Eugenio totalmente desconcertado.
- “No. Yo no hablo alemán, No sé cómo, pero pude entenderlos con total claridad en aquella ocasión y en otras vivencias en las que la lengua me era más ajena aún si cabe.
- ¿Qué más vivencias has tenido?. Dijo Eugenio sin estar del todo seguro de querer saber más.
Carlos con un gesto apesadumbrado, esbozó una falsa y amarga sonrisa. Sus ojos se inundaron de lágrimas cuando contestó:
- “Han sido innumerables. Pero la más triste de todas, fue ver cómo murió aquel hombre. ¡Fue todo tan distinto a cómo lo había imaginado!”.
- “¿A qué hombre te refieres?, ¿A quien viste morir?. Preguntó Eugenio con inquietud.
Carlos sujetó las manos de Eugenio y dijo con la voz temblorosa:
- “Amigo… Yo estuve en la crucifixión. Vi la muerte de Cristo”.
- “¡No es posible!”. Exclamó Eugenio.
Carlos, sin poder contener las abundantes lágrimas que caían por sus mejillas, volvió a bajar la mirada diciendo:
- “¿Sabes?. Lo que yo vi no se parece en nada a lo que nos imaginamos. No había ángeles en el cielo sujetando carteles ni había música celestial. Tan sólo había un hombre torturado brutalmente hasta el extremo, amarrado y clavado a una cruz. Sus delgados y finos brazos, estaban atados con cuerdas al madero para evitar que los clavos desgarraran sus manos. Los pies estaban clavados tan altos que lo hacían parecer que estuviera en cuclillas sentado sobre sus talones. Aquel hombre parecía no enterarse de nada, moribundo y casi desvanecido todo el tiempo. Al morir, soltó un débil gemido y esa especie de pañal que la historia le ha colocado para tapar pudorosamente su desnudez, habría hecho falta en la cruda y terrible realidad. De los horrores que he visto, de los millones a los acompañe en la hora de su muerte, aquello fue lo peor. Aquella sensación de tristeza, injusticia y desolación no tiene comparación posible”.
Eugenio estaba boquiabierto sin saber qué decir. Sin tener la menor explicación lógica, creía en todo lo que su amigo le contaba y estaba alucinado. Volviendo en sí y tras un largo silencio guardado por ambos, dijo:
- “Carlos, no sé qué es esto, pero realmente parece que hubieran pasado años desde que nos vimos ayer. ¿Qué sentido tiene lo que te ha ocurrido?. Es increíble, pero ¿porqué a ti? ¿Cómo…?
- “A llegado el momento de que sepas.” Interrumpió Carlos con gesto serio. “Te dije que tenía la respuesta a todas tus preguntas y que quedarían satisfechas. He visto lo que he visto porque es necesario que mueras”
Eugenio, sorprendido, soltó las manos de su amigo y se echó hacia atrás.
¿¡¿Pero que estás diciendo?!?. Preguntó con asombro.
Eugenio no se dio cuenta cuando Carlos deslizó suavemente su mano derecha entre los cojines del sofá donde estaba sentado. Cuando advirtió lo que pasaba, Carlos había amartillado una pistola con la que le apuntaba en mitad de la frente. El pulso firme de Carlos sujetando el arma y su mirada, convencieron a Eugenio de que estaba completamente dispuesto a matarlo.
- “¡Dios mío, No!. ¡Estás completamente loco!”. Exclamó Eugenio.
Carlos, sin titubear le contestó con sequedad:
- “Las cosas que he visto esta noche, no sólo pertenecen al pasado. He visto lo que el futuro te depara a ti y a todos. Debes morir porque serás responsable de una catástrofe inimaginable. A tu lado, todo el tropel de asesinos y genocidas de la historia, quedarán empequeñecidos”.
-“¿Pero cómo vas a matarme por algo que no he hecho?. ¡Cuéntame lo que viste para poder evitarlo!”. ¡No puedes matarme!. Dijo Eugenio casi rogando por su vida.
-“Serás un maldito visionario. Serás un líder para un montón de gente y un demonio para el resto que llevará al mundo a la hecatombe. Amigo, sabes que te quiero por encima de todo, pero la única salvación posible está en tu muerte. Si hubieses visto lo que yo, tú mismo te quitarías la vida”.
Eugenio, sentado en la silla, estupefacto y con el convencimiento de que iba a morir, sintió un escalofrío recorriendo todo su cuerpo al ver cómo su mejor amigo se ponía en pié y apoyaba el arma en su sien dispuesto a matarlo en el acto final de aquella escena surrealista.
En un intento desesperado fruto de su instinto más básico de supervivencia, Eugenio arremetió contra Carlos agarrándose a su cintura con toda la fuerza de la que era capaz. Pudo sentir el estruendo del arma al disparar a escasos centímetros de su oído mientras ambos cayeron al suelo resbalando el arma de la mano de Carlos y quedando fuera del alcance de ambos.
Con el dolor agudo del tímpano al romperse, mareado y aturdido, sentía los golpes feroces de su amigo como estallidos en el interior de su cabeza. Con todo el rostro manchado con la espesa sangre que manaba profusa de sus heridas abiertas, Eugenio veía como Carlos le golpeaba violentamente con la ayuda de un objeto que no lograba identificar al que, con movimientos torpes y descoordinados, intentaba agarrarse.
Desvanecido y con el cráneo destrozado, Eugenio quedó a merced de Carlos que lo arrastraba hacia la ventana. Notó como la sangre que lo empapaba enfriaba su cuerpo al entrar en contacto con el aire helado del exterior y en un último acto reflejo agarró a Carlos al sentir cómo caía al vacío.
Ambos cuerpos cayeron y quedaron abrazados e inertes tras el brutal impacto contra el suelo. Con las caras enfrentadas, Eugenio vio los ojos vidriosos y muy abiertos de Carlos que con la mirada fija delataban su muerte. A Eugenio, no que restaba nada más que entregarse a su destino.
Ese destino le reservó un largo periodo en coma siempre al borde de la muerte. Los médicos no lograban entender cómo pudo sobrevivir con aquellas terribles lesiones. Peor aún entendían los anómalos resultados que mostraban los encefalogramas. Unas extrañas alteraciones en sus hondas cerebrales, dejaban perplejos a los expertos.
Tras salir del coma, no podía recordar absolutamente nada de lo sucedido y muy vagamente su anterior vida.
En la misma sala del hospital donde despertó, alguno de los enfermos terminales y desahuciados que allí estaban, quedaron milagrosamente sanos con la simple imposición de sus manos. A veces bastaba la simple presencia de Eugenio para que ocurrieran cosas tan maravillosas como inexplicables.
Cuando ante aquellos prodigios alguien le preguntaba si era un enviado de Dios, el simplemente respondía que, sin saber aún cual, tenía una importante misión que realizar en la vida. Sus adeptos comenzaron a seguirle por miles.